Hay lectores que odian cualquier anticipación a la lectura –diga usted un prólogo, un proemio, una introducción–, así como se odian los espóilers o los chismes contados a la mitad. O así como se odia un chiste explicado y la muy leve risa que provoca, menos por la ocurrencia que por la lástima. A ese pelotón despelucado de mujeres y hombres exigentes, los prólogos les parecen una forma de leer con pequeñas ruedas de bicicleta o con un lazarillo innecesario que guía los pasos de quien está lo suficientemente atento al suelo y sus baldosas húmedas.
En la otra esquina están los lectores que asumen los prólogos como paratextos necesarios para entender la evolución en la mirada y en el pensamiento de un autor, sus obsesiones e intereses radicales, sus filiaciones y animadversiones o su postura crítica ante el arte y la literatura. Este es el caso de Gabriel García Márquez y las decenas de prólogos que en vida escribió.
Valga la pena incluir aquí una anécdota. Cuando Gabo vio por primera vez uno de los ejemplares de Notas de prensa, la compilación de su obra periodística reunida, y encontró que la publicación carecía de un prólogo, pensó en quien compra un libro en un aeropuerto y, luego de hojearlo durante un tiempo, se pregunta: “Qué significa esta vaina, con qué se come”. Dicho de otra forma, pensaba en quien se aproxima a una pieza literaria sin una carta de navegación que sirva de punto de partida para la lectura, no por un asunto de infantilización de sus públicos, sino por una aproximación honesta del texto; que el ensayo o el libro de cuentos o la novela ganara en porosidad y en contagio con una lectura aguda e iluminadora.
Cuando uno se pone a ver el mapa de los prólogos del Premio Nobel de Literatura, uno entiende que el cataquero veía en ellos no solo introducciones previas a una obra, sino espacios críticos de discusión política, laboratorios de escritura o pretextos para resignificar obras pictóricas, entre otras posibilidades. Y no fueron pocos los experimentos. Según Fernando Jaramillo, creador de Memorabilia GGM, posiblemente el blog más completo dedicado a artículos, curiosidades y paratextos del universo Gabo, y quien ha reunido sus prólogos en una edición hechiza (circulada secretamente en 2023), García Márquez escribió 45 prólogos a lo largo de su vida, tanto para libros propios como ajenos.
Verlos en su totalidad es asomarse a una mirilla en la que aparecen varias de las ramas de esa ceiba frondosa que aún es García Márquez: el Gabo investigador, enfocado en la crítica de arte latinoamericano y en la literatura colombiana (p. ej.: su prólogo a De sobremesa, de José Asunción Silva, y el escrito para el libro dedicado al pintor mexicano Abel Quezada); el Gabo ciudadano, preocupado por plasmar los giros de sus ideologías y sus convicciones (p.ej.: “La función comienza cuando se llega al cuento”, un prólogo sobre el exilio latinoamericano escrito para la publicación ¡Exilio! de 1977); y la historia personal del propio Gabo, particularmente a través de los prólogos escritos para libros de amigos cercanos (p. ej.: “Mi amigo Mutis”, texto usado como prólogo de La mansión de Araucaíma y otros relatos, o el prólogo de Habla Fidel, el reportaje de Gianni Minà sobre Fidel Castro).
Aunque la figura de García Márquez sigue gozando del don de la ubicuidad y su obra sigue leyéndose y valorándose de cabo a rabo, aún el escaparate editorial les debe a los lectores –antiprologuistas o no– una pieza que no solo incluya todos estos prólogos en una edición cuidada y pública, sino también una reflexión –un gran prólogo que anticipe todos los prólogos, por qué no– que aborde con tino la importancia que estos textos breves tienen para entender los ires y venires de la poética garciamarquiana y los tejemanejes de su ideología política. Un libro que, de cierta manera, le anticipe al lector lo que una constelación de reflexiones sin evidente unicidad nos dice sobre nuestro Nobel. Un libro de inicios y de promesas y esquejes y plántulas, así sin más.



