Abril 13 de 1992, ese día decidí ir a la playa de Laguna Beach, la más próxima a mi lugar de hospedaje en California por ese tiempo…
Ya había pasado un periodo extenso en Estados Unidos, y ya añoraba leer en español. Me topé con un dispensador de periódicos en la calle y para mi sorpresa encontré un diario en mi lengua materna.
Ya habían pasado dos días, pero la noticia no podía pasar desapercibida aún tan lejos de casa. Para mí fue un choque, se trataba de una persona que yo admiro enormemente…
La leí tranquilamente, aguardando encontrar un cierre benévolo como en cualquier película de Hollywood cuyo libreto se puede cambiar, pero el titular lo decía todo: ¡Obregón había fallecido!
-¡Buen viaje!, ¡lo que tenías que hacer por el arte colombiano lo hiciste, tu fresco! Grité al viento como un tipo de duelo.
Obregón fue quien despejó el camino para el arte modernista en nuestra patria, por lo cual los pintores como yo estaremos eternamente agradecidos con él. ¿Tendrá nuestro país a la fecha otro pintor de su talla? ¡considero que no!
En un nuevo aniversario del fallecimiento de Obregón, la figura del pintor adquiere en nuestro presente una actualidad, una elocuencia impactante. Es el autor de una creación que ha mantenido su conexión con la gente, con la historia de un país que aún busca reconocerse emocional y estéticamente.
Optando por una pincelada suelta, por una composición aventurada y por un color expresivo como ningún otro, Obregón logró establecer un antes y un después en la modernidad nacional y aún de las latitudes latinoamericanas.
En su pintura se puede percibir la esencia del caribe, también la violencia, que se hace presente en nuestro país desde tiempos lejanos, la naturaleza selvática y la mitología -incluso andina-, que se expresa en su propuesta mediante elementos compositivos identificables: cóndores, barracudas, toros, flores carnívoras, héroes, mujeres… Todos ellos en diálogo, consolidando un universo que le es propio, lanzándose brillantemente a una pertinencia universal.
Toda su pintura es un testimonio de la memoria de esta Colombia que él -español de nacimiento- hizo suya, esta tierra donde el cóndor se convierte en símbolo humanizado de orgullo y resistencia; energía vital contenida y expuesta igualmente en sus visiones del caribe donde explaya también su vibración cromática, llena de movimiento, donde la luz del trópico es siempre protagonista.
Duradera, comprometida y auténtica, la obra Obregoniana no se desvanece como la moda efímera que nos rodea, es siempre una imagen que permanece, una emoción que toca, una reflexión que impele y una pregunta que impele sobre este territorio aún tan ávido de respuestas.
Cuando el espectador está dispuesto no solo observa la pintura y la escultura de Obregón, entra en su forma de ver el mundo, al compás de sus composiciones musicales, de estructura y equilibrio impecables, sin perder la frescura del boceto, bajo un grado muy alto de honestidad en el contenido artístico.
Somos varias generaciones de artistas las que hemos aprendido de él como un referente de gran determinante en la historia de la pintura nacional… Desde los que emulan su paleta, pasando por los que simulan su pincelada, hasta los que lo hemos tomado como modelo de libertad para nuestra propia expresión.
Una historia, cuya valía no está en las letras o anécdotas que yo hoy les pueda compartir, si no en entregarle los sentidos a su pintura ya sea en el Capitolio Nacional, en un museo o en una casa que tenga el privilegio de resguardar una obra suya.
Es por ello que estos renglones, más que un testimonio de un vecino suyo del centro de Cartagena, de jovencito perdía el aliento solo con verlo, es una invitación de un pintor con que más de 30 años de oficio y vocación lúdica, no deja de sorprenderse cada vez que lo vuelve a mirar, incluso en las páginas de los libros.
Escribo más que desde nostalgia, desde la consciencia de la permanencia de sus obras, esas que por encima de la inmediatez contemporánea siguen instaladas en el imaginario colectivo de nuestra sociedad que, lo identifica como uno de sus más grandes creadores de nuestros tiempos. Sus cuadros no han perdido fuerza, por el contrario, han ganado nuevas lecturas, a través de las décadas donde las personas van redescubriendo su lenguaje pictórico. Aquí no estamos hablando de un epílogo sino de una obra vigente.
Abril, una nueva oportunidad para abordar sus pinturas que no tienen como fin darnos respuestas complacientes, por el contrario, hacen una invitación para reflexionar, sentir y pensar. Es aquí donde yace la importancia y vasta grandeza de este gran artista, poder seguir creando con el paso del tiempo diálogos con las nuevas generaciones, aunque ya no está con nosotros.
Rememorar la obra de Obregón es una forma de dejar constancia del reconocimiento cultural, de una obra de valentía, de verdad, como para no dar gusto a nadie y conseguir así un puesto en la historia del arte colombiano. Al ser un arte genuino puede perdurar, puede quedar entre nosotros, aunque su creador ya no esté o no nos acompañe. Obsesionado por el color como pocos, el poder que se encuentra en la historia de su arte es eterno.
Todavía desearía que Obregon estuviera pintando en su casa en la calle de La factoría en Cartagena donde también nací yo, llenando este país de colores, tal cual se lo dijo a su amigo Jorge E. Triana.
Si existe una vida celestial y en ella hay pintores estoy seguro que, el viejo Alejo -como me gusta llamarlo-, sigue ejerciendo su oficio de pintor, porque en algunos atardeceres en Cartagena, justo en la playa del triunfo me parece haber visto más de una vez -luego del abril de 1992- sus destellos cromáticos.


