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Palabras de Norman Mejía

Hace unos días, mi amiga María del Pilar Rodríguez (Mapy) me invitó a escribir una columna para la primera edición de su revista digital de arte en Bogotá. El tema: “Los locos de abril: genios colombianos del arte y las letras que nos dejaron en abril”, donde están Alejandro, Norman, Gavito, Mario Rivero, Grau y Rojas Herazo. Me preguntó si me gustaría escribir una columna sobre Norman. Sin dudarlo, acepté participar con un texto sobre mi esposo, con quien compartí 32 años de nuestra vida hasta que esa cita inexorable que todos hemos de cumplir algún día nos separó hace 14 años, un 24 de abril de 2012, en Barranquilla.

Para quienes conocen poco de su vida y obra:

Norman nació en Cartagena el 26 de junio de 1938. A los seis meses, sus padres, don Alfonso Mejía y doña Rosa Franco, se mudaron a Barranquilla, donde vivió casi toda su vida.

A los 15 años ingresa a la Academia Militar Augusta Military Academy, en Fort Defiance, en el estado de Virginia, Estados Unidos. El lema de la academia era Ad astra per aspera, frase que en latín significa “a las estrellas a través de las dificultades”. Él decía: “Curiosamente, ese ha sido el destino de mi vida”.

En el verano de 1954, sus padres viajaron con él a Europa. En París festejó sus 16 años y conoció al maestro Alejandro Obregón, sin que ninguno imaginara que años después serían colegas pintores. No sería la última vez que compartirían mesa y momentos significativos. El destino les tenía deparadas más sorpresas.

Tras el viaje regresó a la academia, donde continuaría su formación militar por tres años más. Sus estudios se interrumpieron abruptamente cuando la banda militar de la que Norman hacía parte fue invitada a participar en un desfile en Nueva York. Después del desfile, él y otros cadetes salieron sin permiso a conocer la ciudad y celebraron en bares dos días. Al volver, ese acto de indisciplina hizo que algunos fueran expulsados y otros, como Norman, degradados. En la academia él alcanzó el rango de sargento, y como existían fuertes rivalidades entre grupos de cadetes, gringos, latinos y otros, el quedar degradado lo dejaba vulnerable frente a los de mayor rango.

De manera que su último año de formación lo cursó en Ransom School, un colegio civil en Coconut Grove, Florida, Estados Unidos. Su profesor de literatura, Mr. Floyd Osborne, notó su buena relación con los estudiantes de cursos inferiores durante actividades del pensum académico. Por eso le pidió a Norman un dibujo para el periódico del colegio que motivara a los muchachos a estudiar.

Sin saber qué hacer, al ojear una revista ve la imagen de un hombre con un bombillo encendido sobre su cabeza. Coloca un papel para calcar y con una plumilla mojada con tinta china hace trazos sobre la superficie, y la plumilla se tranca sobre el papel y cada vez que esto sucede salen expedidos chorritos de tinta hacia diferentes lados. Ese dibujo lo entrega al profesor y fue publicado en el diario. Días después, al entrar Norman a su cuarto, encuentra sobre su cama un block de cartulina, un estuche de pasteles y sobre esto un papel en letra grande que decía: “PAINT”.

Su primer cuadro fue un hombre con tres cabezas: la del centro, boca recta; la de la derecha, curva hacia arriba; la de la izquierda, curva hacia abajo. Título: “Los Tres Estados del Hombre”. Su primera exposición fue cuando reunió una colección de cuadros. Se la montaron en una sala de la rectoría y los cuadros terminaron en manos de los profesores.

El tiempo, los años y la vida pasan para dar razón a Mr. Floyd Osborne, que eso que él vio en ese joven daría frutos y sería utilizado por Norman en un momento de inflexión que llegaría a su vida, cuando su madre le pregunta:

—Bueno, Norman, ¿y cuándo es que vas a empezar a trabajar con tu papá?
—Pero es que yo ya estoy trabajando.
—¡Ah, sí!, ¿y en qué?
—Es que yo soy pintor.

Por supuesto, su familia lo vio como una locura. Para Norman, metafóricamente hablando, es: “Cuando te atreves a cabalgar sin temor un Pegaso, llegarás lejos. Pero si lo montas con miedo y él lo huele, se encabrita, te derriba y patea. Esos son los locos que ves en la calle”.

Debido a la tensión en casa tras declararse pintor, y sin el apoyo de sus padres, Norman tomó una decisión radical. Vendió el MG convertible que le habían regalado y le dijo al gerente de Sears: “Pídele los papeles a mi mamá”. Con ese dinero compró un pasaje en barco a Europa. Llegó al puerto de Vigo, en España. Estuvo un tiempo en casa de amigos. Luego viajó a Francia en un auto viejo que compró, pero tenía tantas deudas de tráfico impagables que retuvieron el carro y debió abandonarlo con todo. Ya en París, a los pocos días el dinero escaseó rápido. Sin un peso, durmió en las calles junto a los clochards (personas sin hogar). Para soportar el frío en las noches, se sentaban en grupo sobre las rejillas del metro: el aire caliente que salía de ahí les daba un alivio momentáneo.

En la calle conoció a una chica que se había escapado de su casa y, a través de ella, a otros jóvenes que vivían a las afueras de París. Con ellos consiguió refugio en el taller de un escultor: el escultor trabajaba de día, y ellos dormían de noche en el techo; habían tendido tablas de viga a viga para improvisar un piso. Usaron las poleas y cuerdas del taller, las mismas que movían los bloques de mármol, para subir colchones y lo que necesitaban. Allá dormían. Era peligroso, el lugar era altísimo, pero no tenían dónde más dormir.

Consiguió trabajo en un taller de litografía que reproducía láminas de pintores famosos. Su tarea era limpiar las planchas con químicos para disolver la pintura. El olor de los disolventes le encantaba: producía un efecto alucinógeno y, al despintar cada impresión, veía aparecer formas y manchones. Ahí entendió: “Despintando aprendí a pintar”, me dijo.

Años después, de vuelta en Bogotá, se reencontró con Carlos Granada, a quien había conocido en España. Carlos fue claro: “Si quieres hacer algo en el arte aquí, tienes que ver a Marta Traba. Ella es la que manda la parada, la papisa del arte en Colombia”.

Norman la llamó y se presentó: “Me llamo Norman Mejía, soy un pintor costeño, acabo de llegar de Europa con una obra que me gustaría que conociera”. Ella lo citó en su apartamento. Al ver los cuadros, preguntó en cuánto tiempo podía montarlos. Quería su obra en el Museo de Arte Moderno, que entonces quedaba en un local de la carrera 7ª. Tres meses después, la muestra se vendía completa.

En 1965 lo invitaron al Primer Festival de Arte de Vanguardia de los nadaístas, en Cali. Mientras pintaba al alimón con Pedro Alcántara Herrán en el sótano de la Librería Nacional, les llegó la noticia: Norman Mejía había ganado el Primer Premio de Pintura del XVII Salón Nacional de Artistas, del año 1965, con su cuadro “La Horrible Mujer Castigadora”. Pedro Alcántara, el de Dibujo. Feliza Bursztyn, el de Escultura.

La pintura de Norman, además de controversial, marcó un hito en el arte nacional. Parece que no le perdonaron haber recibido ese premio. Jamás imaginó tanta pasión, rechazo y abominación por un galardón. Hubo atentados (ese será otro tema), ataques verbales en la prensa. Jorge Zalamea, en su columna de opinión, describió su pintura como una “piltrafa sanguinolenta”. Norman comentó: “Ese sería un buen título para un cuadro”.

Demos otro salto en el tiempo. Nuestra estadía en Miami, South Beach, Art Deco District, se prolongó por 4 años. El 29 de octubre de 1987 nos despedimos de Manhattan y viajamos a la Florida por tren: Norman tenía fobia a los aviones. Llegamos el 30 de octubre. Un amigo de Norman, Javier Marulanda, nos ofreció un estudio para pintar en el penthouse del edificio Van Dyck. Lo había comprado y lo renovaba de abajo hacia arriba. El acuerdo era simple: antes de que la obra llegara al último piso, debíamos irnos. Y así fue.

Conseguimos un estudio en South Florida Art Center, en el 810 de Lincoln Road. Vivíamos en el Hotel Tides, frente a la playa, en Ocean Drive entre calles 12 y 13. Fueron años maravillosos de disciplina monacal autoimpuesta, pintando rigurosamente todos los días sin descanso, como si tuviéramos contrato con seis galerías a la vez. Transcurrieron cuatro años así, felices pintando, hasta que en el año 1990 empezó una recesión en los Estados Unidos, que se agudizó en 1991. Simultáneamente, su madre requería la presencia de Norman en Colombia. Hizo lo imposible, y más, para lograrlo.

Providencialmente, alguien supo que el maestro Alejandro Obregón estaba en Miami y lo puso en contacto con Norman. Él fue a nuestro estudio junto con su hermano Peter. Les mostramos algunos cuadros, de Norman y míos. Al ver la obra abstracta que pintaba Norman en esa época, se acercó a uno de ellos y preguntó: “¿Y cómo lo haces?”. Norman respondió: “Pinto, pinto, pinto, hasta que sale el milagrazo”. Días después nos hizo llegar un cheque de tres mil dólares para solventar nuestra situación.

Además, averiguó a través de la Flota Mercante Grancolombiana, que aún existía, si podíamos repatriar la obra gratuitamente.

La petición fue denegada. Entonces consiguió una empresa naviera en Barranquilla; por ella trajimos finalmente nuestra obra, pintada con sacrificio, ilusión, entrega, dolor y mucho amor, en los Estados Unidos. No fue fácil poder permanecer tanto tiempo en ese país malviviendo solo de la pintura. “Un cuadro es un lujo, no una necesidad”, decía Norman. Y con el estigma de ser colombianos fue brutal. El maestro Obregón entendió eso.

Tal vez fue su último gesto de generosidad de los muchos que realizó con amigos y desconocidos a lo largo de su vida. Meses más tarde, el 11 de abril de 1992, falleció en la ciudad de Cartagena. Norman y yo lo respetamos, admiramos y agradecemos desde la eternidad al maestro Alejandro Obregón.

Veinte años después, un 24 de abril de 2012, Norman se fue. De seguro están juntos, hablando de milagrazos.

Nos veremos. Los abrazo.

Tina Celis

Abril, 2026