Crónica de una fiebre de abril 8 de abril de 2026

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Crónica de una fiebre de abril 8 de abril de 2026

Cuando se nace entre muros que sudan historia, como los de Cartagena de Indias, es casi inevitable contagiarse con la fiebre del “polvo de muralla”. Un virus inmortal que brota de nuestros muros de piedra y cuyo síntoma principal es una curiosidad obsesiva por los cuentos, las anécdotas y esos chismes del pasado que terminan convirtiéndose en identidad. A mí la calentura me sube cada vez que llega abril; ese mes donde los locos más lúcidos de nuestra historia decidieron levar anclas y dejarnos sus delirios.

Dicen que en abril se fueron los genios, pero yo prefiero pensar que simplemente se mudaron a ese puerto invisible donde la realidad se confunde con la leyenda. Allá, en esa dimensión donde se reencuentran los espíritus, deben estar Alejandro, Gabito, Rojas Herazo, Cecilia, Cepeda Samudio, Nereo y, por supuesto, nuestro mecenas y guía, Enrique Grau.

Para que la fiebre del “polvo de muralla” se entienda bien, hay que recordar que mucho antes de que se cerrara el anillo de piedra que hoy rodea a Cartagena, la ciudad se defendía desde el agua. Justo en el edificio que hoy ocupa el MAM Cartagena existió el Almacén de Galeras, refugio de esas embarcaciones ágiles y batalladoras que custodiaban la bahía cuando la ciudad era todavía un sueño vulnerable.

Me gusta pensar que la amistad de Enrique Grau y Alejandro Obregón heredó este oficio de custodia. Si en el siglo XVII las galeras protegían el tesoro de la corona, en el XX este par de “locos” se encargó de proteger algo más valioso: nuestra mirada. Al fundar el museo en ese mismo suelo, convirtieron el antiguo almacén de galeras en un almacén de afectos. Ya no se guardan remos ni velas, sino los trazos de una cofradía que nos enseñó que la verdadera libertad no se defiende con murallas, sino con la audacia del pensamiento.

Zarpes y desembarcos de abril

Es en este puerto histórico donde los destinos se cruzan con una precisión que asusta. Fíjense en las fechas, que en el Caribe nunca son coincidencia: Enrique Grau se despidió de nosotros un 1 de abril, el mismo día que, décadas atrás, nacía Delia Zapata Olivella. La amistad entre ambos era un puente entre pincel y danza: Grau diseñaba los vestuarios que Delia movía en escena, encontrando en ella la mística popular que él buscaba capturar en sus obras. Es esa complicidad la que explica la extraña simetría de sus destinos: Enrique decidió zarpar en la fecha del cumpleaños de Delia. Esto parece el último paso de baile de una pareja que supo que la amistad era el puerto más seguro de la modernidad.

Mientras ellos dos intercambiaban turnos en el horizonte, un 11 de abril decidieron zarpar Alejandro Obregón y Héctor Rojas Herazo. Comparten el mismo día de partida, como buenos amigos que no quieren dejar al otro solo en el último viaje. Diez años de diferencia entre sus muertes, pero un solo muelle de salida.

La guardia de la cofradía

En el MAM Cartagena, abril es el mes donde todas las historias desembarcan. Es el reencuentro de una cofradía que eligió la amistad y la libertad como su norte.

Nuestra identidad se escribió con gestos que hoy son leyenda.

En abril, cuando celebramos los centenarios de Delia Zapata y de Álvaro Cepeda Samudio, el Museo vuelve a oler a brea y a mar antiguo. Al recorrer las salas, uno siente que Cecilia Porras, la “doncella silenciosa” de Héctor Rojas Herazo, sigue vigilando desde sus obras, materializada por la mano de Enrique; su audacia vive en ese cuento de Gabo: “Aquí solo falta un payaso pintado detrás de una puerta”, un rastro de genialidad espontánea que hoy invocamos para revivir las historias que mantienen unido el mapa de afectos de esta cofradía. Es el aura que Nereo López atrapó con su lente inmortal, capturando con su cámara esa modernidad que Grau y Obregón defendían. Él es el ojo que permite que hoy, en abril, podamos asomarnos al pasado y ver que la locura de estos artistas era, en realidad, una forma de lucidez. Nació, como Grau y Obregón, en aquel luminoso 1920 para dejarnos el testimonio visual de este zarpe, mientras Gabo sigue tomando nota en un rincón, esperando que descubramos esa amistad que los unió y preparándose para su centenario de 2027, que ya apareció en el horizonte con todas sus velas extendidas.

Esta cofradía no es un grupo de artistas muertos; es la tripulación de esa galera invisible que sigue patrullando nuestras mentes y defendiendo un tesoro. Grau y Obregón, desde ese logo trazado en una servilleta que es nuestra bandera, y resguardados por el inmenso legado de ideas y obras que Enrique entregó para que su presencia fuera eterna en estas salas, nos siguen diciendo que el puerto está abierto. Que la fiebre del polvo de muralla se alivia compartiendo el cuento, y que, en este antiguo almacén, lo único que está prohibido es el olvido.

El MAM Cartagena, en su histórico contenedor, sigue siendo un puerto de encuentros. Aquí la fiebre no baja, porque mientras haya alguien dispuesto a “desempolvar” y crear historias, la cofradía seguirá navegando. Somos los herederos y guardianes de una red de afectos que nos enseña que, en Cartagena, la memoria no tiene permiso de naufragar. Los AMIGOS del MAMC estamos embarcados, remando. Cuidar este Museo es nuestro norte: es defender el refugio donde la genialidad de Grau y Obregón nos recuerda que somos Caribe.

Enrique Grau Marta Zúñiga de Siegert

Representante legal AMIGOS del MAMC