Autor de La Horrible mujer castigadora, pieza Premio Nacional de Pintura 1965, que aún retumba en nuestros sentidos conservada en el Museo La Tertulia de Cali; es una pintura expresionista de cariz siniestro -estirpe pictórica de la cual también podemos observar obras en la sala central de la Colección Banco de la República en Bogotá-; que transformó la historia del arte colombiano, y nos demostró que la pintura es un recurso ilimitado para retratar y comunicar más allá de las palabras, incluso, las emociones más oscuras.
Pensador por vocación e irreverente por definición, nacido en Cartagena de Indias en el barrio Manga, en la aún existente mansión Villa Susana. Se hizo Barranquillero por elección, quizá por compartir con esa ciudad la visión de apertura al mundo que lo hizo tan especial como artista y como individuo.
Amante de las aceitunas con Baileys y del rock; fue además de pintor, poeta y compositor. Sus creaciones de orden político, social y ambientalista, dentro y fuera del lienzo, son tan interesantes como desconocidas para el gran público.
El único pintor del grupo de Los Nadaistas, con piezas escritas como “Jugo Nacional” -que se debate entre manifiesto y canción-, confirman su capacidad de leer y sentir la nación más allá de su generación, con un nivel de actualidad que impacta a la primera lectura.
Abandonó este plano el 24 de abril del 2012 en Barranquilla, al lado de su amor eterno, única alumna y esposa: Tina Celis de Mejía. Orgulloso de ser lo que quienes no alcanzaban a leerlo, veían como defecto: un loco. Siendo esta por demás su gran cualidad, esa que le permitía estar siempre varios pasos adelante del pensamiento tradicional y en uso de visionaria libertad.
Premisa libertaria que compartía con su amigo, y héroe. Ese que a pesar de no haber nacido tampoco en Barranquilla, la eligió como su terruño: Daniel Alberto Alejandro María de la Santísima Trinidad Obregón Rosés. El gran pintor de la colombianidad.
Se conocieron cuando Rosa Franco -madre de Norman- lo envió con una de sus primeras pinturas, a la casa que Alejandro compartía con Sonia Osorio en Pradomar, en inmediaciones a Barranquilla. Encuentro en el que nació una amistad tanto estética como personal, al punto de que aún hoy, Silvana Obregón Osorio recuerda los paseos de infancia con Norman, al borde de la playa en un caballo blanco. Amistad confirmada materialmente por última vez, a finales de 1991 cuando Alejandro Obregón repatría desde Estados Unidos toda la obra de Norman, quien a ese fecha se encontraba en dificultades económicas en ese país.
Hablar de Obregón en Colombia, es tocar el alma de millones de personas: desde conocedores a neófitos. He perdido la cuenta ya de las veces que he escuchado a empresarios y emprendedores mencionar entre sus metas, juntar para comprarse un Obregón. Y no solo como un símbolo de estatus o de éxito, si no como un cometido personal; como cuando un niño se promete cumplir un sueño, con un cariz poético que solo genera en Colombia el pintor que de manera más lúcida interpretó desde nuestros paisajes hasta los más cruentos episodios de nuestra historia, pasando por la denuncia, y por supuesto, explayando las alas de cóndores y la berraquera de las barracudas, bajo la mirada de un Blas de Lezo, y un dédalo que aterrizaron en sus lienzos con una fuerza que entrega parte de su alma. Esa vitalidad que finaliza el 11 de abril de 1992 en Cartagena de Indias.
Partió de este mundo recibido por el ángel de carrara de tamaño natural que custodia el mausoleo familiar en el Cementerio Universal de Barranquilla, a bordo de un féretro donde lo acompañaban un puñado de sus pinceles y una botella de champaña para seguir celebrando en el más allá, lo que fue en el más acá, porque… “Todo lo hace así, como pinta, porque no sabe hacer nada de otro modo. No es que sólo viva para pintar. No: es que sólo vive cuando pinta. Siempre descalzo, con una camiseta de algodón que en otro tiempo debió servirle para limpiar pinceles y unos pantalones recortados por él con un cuchillo de carnicero, y con un rigor de albañil que ya hubiera querido Dios para sus curas.” Como escribió su amigo Gabriel José García Márquez. (Márquez, 2026)
Gabriel García Márquez, o Gabito -como me enseñaron a decirle él y su familia-, además de coleccionista de arte latinoamericano, tenía una especial devoción por la obra de Alejandro Obregón. De lo cual no solo quedó Fe en los elogiosos textos que escribió y publicó sobre él, si no en las piezas de su autoría que fueron centrales en su vida. Entre ellas dos en particular: el mural que compró, encamisó e instaló como pieza central de su casa de Cartagena, y el autorretrato con un tiro en el ojo que aún reposa en una pared imperativa de su casa en la Calle de Fuego de la Ciudad de México, misma pieza que llevaba enrollada bajo el brazo, cuando por seguridad debió salir de Colombia el 26 de marzo de 1981.
Gabito, el nieto de Papalelo y Mina, el sobrino de la tía Pa. Fue como lo asegura su hermana Ligia: El niño que soñó Macondo. Con tal nivel de lucidez, pericia, disciplina y amor por el oficio literario que ha batido la más surtida variedad de récords, hasta ser reconocido por el Instituto Cervantes en el 2023 a través del diario El País de España, como el escritor en español más leído del siglo XX.
Cúpula conquistada tras haberle dado a Colombia una cosa indiscutible: la inmortalidad. Sí, aunque no sobran los críticos a su pensamiento político, y quienes lo acusan de no haber hecho suficiente por su país, entre otras cosas. Solo al 2007 ya el número de ejemplares vendidos legalmente de Cien años de Soledad superaba la población colombiana.
Personas que en un alto porcentaje conocieron de la existencia de nuestro país, gracias a las letras del Cataquero. Sin embargo, creo que a esta altura del internet esos datos están lo suficientemente accesibles como para que sea necesario repetirlos, sobre todo ad-portas del 2027, centenario de su nacimiento, donde hasta los que no lo han leído, hablarán bien de él.
Un colombiano, un caribe que escribió siempre para que sus amigos lo quisieran más, que hizo de la “corronchería” un patrimonio de la cultura mundial. Un prestidigitador de palabras, que tal cual su protagonista en Cien años de soledad, Úrsula Iguarán, murió un jueves santo: el 17 de abril de 2014 en su casa de la Ciudad de México, teniendo como única nacionalidad la colombiana, y en festejo de una vida tan macondiana como su creación colosal.
Una creación que fue resultado entre otras muchas cosas de haberse encontrado en el camino con mentes y corazones generosos que alimentaron su desarrollo como periodista y escritor. Trasegar literario y periodístico que, aunque tuvo sus primeros pinitos en el bachillerato -Colegio San José de Barranquilla y Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá-, se iniciaría formalmente en la redacción del periódico El Universal de Cartagena en mayo de 1948, de la mano intelectuales como Héctor Rojas Herazo: pintor, poeta, novelista y periodista, oriundo de Tolú en el departamento de Sucre, quien fue de los primeros en notar en el joven escritor, la naturaleza de uno de los destinados a la grandeza.
Rojas Herazo, un pintor de marcada inspiración africana, un periodista franco, y un novelista conectado con el arraigo, la soledad y el abandono, con una estética literaria propia, que le hacen merecer un alto escaño en la historia de la literatura colombiana.
Ácido crítico de García Márquez hasta los últimos días de su vida, no son pocos quienes desdeñan que quien fue su compañero de redacción no hiciera más por su obra, conformada por las novelas: Celia se pudre, En noviembre llega el arzobispo y Respirando el verano. Y los libros de poesía: Las úlceras de Adán, Agresión de las formas contra el ángel, Desde la luz preguntan por nosotros. Tránsito de Caín y Rostro en la soledad. Resultado de una necesidad y calidad en la creación que finalizó el 11 de abril del 2002 coronando un pacto de locura, que párrafos después entraré a explicar.
Irreverencia caribe inmortal compartida por uno de los reyes de la llamada “Colina de la deshonra” en Bogotá en los años 60. Cofundador del Museo de Arte Moderno de Cartagena, ilustrador de una de las primeras publicaciones de García Márquez, cinéfilo, trotamundos, anfitrión de maravilla, y el primer gran pintor de la inclusión y la igualdad racial y sexual en Colombia: Enrique Grau Araújo.
Dibujante, pintor, escultor y preformista. Nacido en Panamá, pero cartagenero por familia, vocación y devoción, fue un artista colombiano que se atrevió a hacer crítica social, mediante una ironía pictórica; en uso irrestricto y lúcido de la belleza como recurso.
Mulatas altivas, vestidas con atavíos de dama de alcurnia, en actitudes de feme libre pensadora, y con manos de hombre. Diálogos estéticos que, no solo hablan de igualdad, la imponen en el alma, con el rigor de un esteta tan diestro en el oficio como de sensibilidad y razón.
Rita 5:30, bronce original que está en exhibición permanente en el Museo de Arte Moderno de Cartagena -recientemente nombrado Enrique Grau- es una de esas piezas que sintetiza ese mundo Graujiano tan extenso y policromo; tal cual sus mascaradas, a las que invitaba a sus amigos y amigas, dedicando a las más preciadas de estas últimas, tocados y máscaras de su autoría.
Un pintor que nos regaló un universo de musas, mujeres y diosas en las que la feme actual puede verse como en un espejo, e incluso visionarse al futuro. Ese devenir que confío se vuelva en mayores investigaciones y reconocimientos para este lúcido pincel, que dejó este plano el 1° de abril del 2004.
Y llegó el 13 de abril del 2009, el gran poeta y excepcional crítico de arte Mario Rivero había muerto. Su hijo adoptivo: el curador Fausto Panesso y su heredero en letras, el gran poeta Federico Diaz-Granados, se encontraron en la puerta de la capilla del Gimnasio Moderno para dar inicio a las honras fúnebres.
Quedaban centenares de poemas y de textos críticos que nos abrieron a muchos al mundo de la curaduría y la crítica de arte en Colombia, quedaba su revista Golpe de dados, y una admiración -humana y profesional- que corría por los pasillos como elixir ante la pérdida; pero también se confirmaba un milagro…
Años atrás, Alejandro Obregón convidó a su casa en la Calle de la Factoría con Playa del Triunfo en el Centro Histórico de Cartagena de Indias, a sus amigos Mario Rivero y Héctor Rojas Herazo, y entre Tres Esquinas se profundizó la conversación, y llegaron a la cuestión del más allá.
Hicieron un pacto de amigos, de genios, de locos, quien sabe, pero serio y profundo como el que más: el primero que muriera, les mandaría a los otros dos, señales de si había algo al otro lado…
1992, muere Alejandro, 2002 muere Héctor, 2009 muere Mario; y en la puerta de la iglesia Fausto Panesso le pregunta a Federico Díaz-Granados si se acuerda del pacto, y él le dice que solo sabe que no se cumplió. Fausto ríe en medio del duelo y le hace ver que los genios siempre cumplen, Alejandro y Héctor murieron el mismo 11 de abril y Mario los alcanzó solo dos días después, en una danza cósmica solo posible para los locos de abril: seis genios y un milagro.



