El sancocho del Sumo Pontífice: comer, recordar y quedarse un rato más en Solomon’s

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El sancocho del Sumo Pontífice: comer, recordar y quedarse un rato más en Solomon’s

“A veces, cuando hay amigos en casa, Obregón se mete en la cocina. Es un gusto verlo ordenando en el mesón las mojarras azules, la trompa de cerdo con un clavel en la nariz, el costillar de ternera todavía con la huella del corazón, los plátanos verdes de Arjona, la yuca de San Jacinto, el ñame de Turbaco.”

Gabriel García Márquez

Un sancocho con ron, pescado y cerdo suena, de entrada, como una locura. Más aún si viene de una receta creada por el maestro Alejandro Obregón, que solía preparársela a sus amigos, y que Gabriel García Márquez publicó en El país de España en octubre de 1982, y que hoy hace parte del repositorio digital del instituto Cervantes. Una mezcla improbable que se ha vuelto a cocinar en Solomon’s en el barrio San Felipe. Plato que ahí no se queda en anécdota ni en extravagancia: se convierte en una experiencia que demuestra que la cocina también puede narrar, emocionar y reunir. El Sancocho del Sumo Pontífice encuentra allí algo más importante que una buena ejecución: encuentra un espacio capaz de volverlo historia viva.

Lo que ocurre en Solomon’s va mucho más allá de llevar ese texto a la cocina. Aquí no se trata simplemente de reproducir un plato curioso, sino de interpretarlo: entender su extrañeza, traducir su riqueza visual y convertirlo en una experiencia pensada para disfrutar con todos los sentidos. Bajo esa lógica, el sancocho deja de ser solo una preparación y se vuelve una escena donde el sabor, la atmósfera y la memoria empiezan a hablar el mismo idioma.

Ahí es donde entra el trabajo de la cocinera caribe Diana Bolaño, quien asumió el reto de darle forma real a una receta tan llamativa como difícil. Desde el principio, la mezcla sorprendía: pescado, cerdo y licor en un mismo sancocho no sonaba precisamente familiar. Sin embargo, esa rareza fue también lo que hizo potente la propuesta. En vez de suavizarla o volverla más predecible, decidió tomar ese riesgo en serio y convertirlo en el punto de partida de una vivencia más amplia, donde cocinar también significaba leer, interpretar y contar.

La primera reacción de Diana frente a la receta fue, justamente, de sorpresa. Ella misma cuenta que al leerla se preguntó a qué podría saber una preparación así. No era una duda menor. En la cocina tradicional, ciertas mezclas tienen reglas muy marcadas, y unir ingredientes del mar con cerdo y licor podía sentirse como una contradicción. Pero esa extrañeza no fue un obstáculo; fue el comienzo. En lugar de rechazar la receta por rara, Diana la leyó como un desafío creativo: cómo lograr que algo tan poco común se convirtiera en un plato con sentido, equilibrio y fuerza propia.

Y ahí aparece una de las claves más interesantes de toda la experiencia: este sancocho no nace solo desde la técnica culinaria, sino también desde la lectura. Más allá de los ingredientes, lo que atrapó a Diana fue la manera en que García Márquez contaba el plato. En ese texto no solo había instrucciones o referencias de sabor; también había imágenes, ritmo y pequeños detalles que convertían la receta en una escena. Los claveles rojos, la cabeza de cerdo, los colores, la forma en que el autor iba construyendo la sensación del plato: todo eso le mostró que lo importante no era solo cocinar esa receta, sino entender el universo que la rodeaba.

La apuesta de  Solomon´s  es conservar la esencia pero permitirse una interpretación. Diana decidió respetar la línea principal de la preparación, manteniendo ingredientes y estructuras que el propio texto señalaba como esenciales. La yuca y el plátano, por ejemplo, se conservaron como parte fundamental del espesor y del perfil tradicional del sancocho. No se trataba de llenarlo de elementos nuevos, sino de sostener lo que le daba identidad.

Al mismo tiempo, hubo decisiones de reinterpretación necesarias. Una de las más interesantes fue la del licor. En lugar de añadirlo directamente al sancocho, como sugería la receta, Diana optó por llevar esa idea a una entrada separada. Es una decisión pequeña en apariencia, pero muy reveladora. Muestra que esta experiencia no quiere ser una réplica rígida, sino una traducción sensible. El espíritu del texto sigue estando allí, pero expresado de una manera que permite que el conjunto funcione mejor, que el plato no se sienta forzado y que el comensal viva la experiencia con más armonía.

Además, la construcción del Sancocho del Sumo Pontífice no se quedó solo en la cocina. La experiencia se fue armando como una especie de diálogo entre lo gastronómico y lo visual. Diana conversó largamente con la curadora de arte María del Pilar Rodríguez , junto a Erik González -socio de Diana en Solomon´s-, desarrolló la parte escenográfica, y ese trío fue esencial para que todo tuviera unidad. Mientras ella traducía el texto y los datos obtenidos desde los sabores y la lógica del plato, él lo hacía desde la ambientación, los materiales y los detalles que ayudaban a crear una atmósfera. Así aparecieron elementos como los claveles o las hojas de bijao, que no estaban puestos como simple decoración, sino como parte de una puesta en escena, parte del texto.

Todo parece estar hablando el mismo idioma. La comida, la mesa, el ambiente y la intención general no van por caminos separados. Hay una coherencia, y ahí está una parte del encanto: el comensal no solo se enfrenta a una receta llamativa, sino a una atmósfera que lo ayuda a entrar en ella.

También el color tiene un papel importante dentro de esa construcción. Diana cuenta que, al leer el texto, pensó mucho en los vegetales y en todo lo que podían aportar visualmente y en sabor. Los pimentones, la cebolla morada, la cebolla larga, los diferentes tonos y texturas se convirtieron en parte de la inspiración para hacer del sancocho una preparación viva y llena de matices. No se trata de embellecer el plato, sino de entender que en una receta como esta el color también puede ser una forma de narrar. Puede decir abundancia, puede hablar de intensidad, puede transmitir la sensación de que allí hay algo generoso, algo lleno de capas, algo que se despliega poco a poco.

Pero si hay algo que termina de darle sentido a todo esto es el lugar donde sucede. Porque el Sancocho del Sumo Pontífice no sería el mismo en cualquier espacio. Solomon’s no aparece aquí como un simple restaurante que presta su mesa para una idea interesante. Aparece como una parte esencial de la experiencia. Cuando Diana habla de Solomon’s, lo describe como un lugar donde uno no solo va a comer, sino a sentarse con calma, a hablar con amigos, a sentirse cómodo, a sentir que el espacio también le pertenece un poco. Esa definición es importante porque conecta directamente con lo que representa el sancocho en el imaginario de muchas personas: una comida de encuentro, de conversación, de compañía.

El sancocho rara vez se asocia con la prisa. Es un plato que implica otra velocidad. Invita a quedarse, a experimentarse con tiempo, a conversar mientras llega, a estirar la sobremesa. Tiene algo de hogar, incluso cuando uno lo come fuera de casa; y Solomon’s tiene muy clara esa lógica, entre otras por el origen caribe de sus dueños. Elementos que suman para  crear una sensación de cercanía.

Dimensión afectiva que se confirma cuando Diana explica qué quería provocar en quienes vivieran esta propuesta. Su respuesta no gira alrededor del impacto, ni de la sofisticación, ni siquiera de la sorpresa. Habla de reconforte. De generar la sensación de comodidad, de sentirse en casa: abrazado. Esa idea resume bastante bien lo que hace especial esta experiencia. En un tiempo en que muchos restaurantes hablan de “experiencia” como una forma de vender algo novedoso o fotogénico, aquí hay un interés distinto: que la experiencia no solo impresione, sino que también cuide. Que no solo sea interesante, sino cálida.

Y eso tiene mucho valor porque propone otra manera de pensar la gastronomía contemporánea, que hoy suele asociarse la innovación con lo técnico, con lo experimental o con lo extravagante. Pero el Sancocho del Sumo Pontífice en Solomon’s demuestra que también se puede innovar desde la tradición, desde la sensibilidad y desde una lectura inteligente de lo propio. Diana lo dice claramente: “aquí no hay interés en la cocina molecular ni en efectos innecesarios. La fuerza está en lo autóctono, en lo tradicional, en los saberes heredados, en lo que enseñaron las matronas.” Lejos de sonar antiguo, eso le da a la propuesta una solidez especial. Le recuerda al comensal que la cocina no necesita disfrazarse de laboratorio para emocionar.

Solomon’s tiene una identidad clara, y eso ayuda a entender por qué esta experiencia se siente tan orgánica dentro del lugar. Diana explica que, incluso cuando las experiencias no son netamente caribeñas, siempre intentan mantener una vena costeña, una sensibilidad Caribe que atraviesa el espacio y su manera de pensar la comida. Esa identidad no funciona como adorno ni como cliché. Funciona como un punto de vista. Como una manera de mezclar sabores, de reinterpretar propuestas y de poner el afecto en el centro. Eso hace que Solomon’s no se sienta como un lugar neutro, sino como un espacio con personalidad, con calor humano y con una forma muy específica de recibir a la gente.

Solomon’s desarrolla todas sus propuestas lejos de lo rígido o repetible al milímetro, sino como algo vivo, atravesado por el momento, por la energía del lugar, por la gente que está ahí. Y eso le da al espacio un valor especial, porque convierte cada visita en algo un poco irrepetible. No se va solo a consumir alimentos: se va a disfrutar.

Al final, el Sancocho del Sumo Pontífice en Solomon’s demuestra que la comida puede seguir siendo una forma de contar historias sin dejar de ser una forma de reunir a las personas. Y eso, en un momento en que tantas experiencias parecen diseñadas para ser vistas más que vividas, se agradece. Aquí lo importante no es solo la rareza de la receta ni el guiño literario, sino todo lo que ese plato activa cuando llega a la mesa: memoria, conversación, identidad, cuidado y una cierta idea de comunidad.

Luciana Taboada Santamaría

Periodista

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